Gelmanear

by luisvicentedeaguinaga

(Ante la muerte de Juan Gelman, recupero este artículo publicado en el número 35 de Luvina, verano de 2004, p. 63.)

Al terminar el año 2001 aparecieron dos libros de Juan Gelman que, si bien responden a intenciones editoriales diferentes, resultan complementarios en más de un sentido. El primero de ambos, Pesar todo, es (en la serie comenzada por En abierta oscuridad, de 1993, y proseguida con En el hoy y mañana y ayer, de 2000) la tercera muestra o antología global editada en México de la poesía escrita y publicada por Gelman desde 1956. El segundo, Valer la pena, era en aquel año el más reciente de sus libros “originales”.

Pongo entre comillas la palabra originales porque suelen distinguirse con ella las ediciones príncipes, y esto cuando las antologías e incluso las refundiciones de una obra no son menos originales en realidad. Valer la pena es una colección de poemas recientes, ya editados algunos en Sombra de ida y vuelta (1997) y Tantear la noche (2000). Pesar todo empieza con un poema de Violín y otras cuestiones (1956) y cierra con textos de Tantear la noche y Sombra de ida y vuelta, precisamente. El orden o disposición de Valer la pena fue, sin más, el que Gelman dio a sus poemas compuestos entre 1996 y 2001. La disposición de Pesar todo es la que otro poeta, Eduardo Milán, ha dado a una selección retrospectiva de poemas de Gelman. El primer libro es original por la novedad relativa de sus textos y de su conjunción; el segundo lo es porque supone la estructuración y, con ella, la perspectiva inédita de un lector externo.

La poesía de Gelman ha propendido siempre a esa interpelación del otro que Pesar todo materializa. De hecho, aunque presenta un solo texto de Violín y otras cuestiones, libro inicial de Gelman, se trata justamente del poema en cuyo aliento final puede oírse por vez primera una voz que habrá de manifestarse luego con mayor plenitud, si bien con idéntica precariedad, con idéntica fragilidad, con idéntica precisión: “Pero no puede ser. Porque estás tan en mí, tan viva en mí, que si me muero a ti te moriría”. Y ese puede ser también el de aquellos referentes con los que Gelman dialoga en forma implícita: en los versos finales de “Anclao en París”, página de Gotán (1962),

pero sabía callar como un hermano
cuando emocionado, emocionado,
yo le hablaba de Carlitos Gardel

puede reconocerse un eco de Vallejo: “le hago una seña, / viene, / y le doy un abrazo emocionado. / ¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…”

Pero acaso el primero de los muy grandes momentos de Pesar todo no llegue sino hasta Cólera buey (1962-1968), donde la poesía de Gelman conoce una forma contradictoria o paradójica de madurez: la de un impulso delicado y abrupto, lo mismo individual que solidario. Es una etapa que alcanza en Relaciones (1971-1973) el apogeo de un ritmo que luego habrá de fracturarse, de nacer ya roto, dura o difícilmente articulado. Por ser a la vez compleja y espontánea, la que Gelman escribe de 1960 a 1980, si he de marcar la etapa con números redondos, me parece con toda sencillez la mejor poesía de interés político —y acaso la mejor literatura, en general, de signo militante— que se haya escrito nunca en lengua española. Y enseguida preciso que lo es porque trasciende su innegable procedencia temática, es decir: porque no se propone ser nada más política, y porque no por ello esconde sus convicciones (que son pocas, hondas e importantes) ni embellece o maquilla sus dudas, titubeos y flaquezas (que, sin ser muchas, dan la impresión de ser insoportables).

Hago alusión, ya se ve, a los atributos morales de una obra —sus convicciones y flaquezas, malestares y dolidas victorias— y no a los atributos morales de un autor. Es en los poemas de Gelman donde Juan Gelman se construye, o al menos donde lucha contra la disolución. Es ahí, en el poema, donde se gelmanea: “a mí me toca gelmanear”, dice ya en Cólera buey. Y en Carta abierta (1980), cuando apostrofa directamente a la realidad —al conjunto de las cosas reales y a la condición misma de tales cosas—, cuando vuelve humana, pues, a la realidad en el contexto de la muerte o desaparición de su hijo: “te duelo”, y también “te juaneo” y “te gelmaneo”, y “te cabalgo como / loco de vos”.

Gelmanear es tratar de ser y es, por ello mismo, recordar o proyectarse al futuro. Eduardo Milán subraya, en este sentido, el papel fundamental que juega en la poesía de Gelman “la operación febril de la insistencia”. Más adelante caracteriza el trabajo de Gelman como esfuerzo o empresa material: “material en tanto consideración de la palabra como campo a explorar y también material como contenido que hay que preservar y rescatar del olvido”. Dicha “operación febril”, dicha tarea de preservación y exploración hace de Comentarios (1978-1979), Citas (1979), Carta abierta (1980), Com/posiciones (1984-1985), Dibaxu (1983-1985), Carta a mi madre (1984-1987) e Incompletamente (1993-1995) uno de los conglomerados verbales más impresionantes, más profundamente justos de todo el siglo XX.

“Se pasa de inocente a culpable / en un segundo”: con esta frase da inicio Valer la pena, y en esta frase va contenido un riesgo que no deja de asomar a lo largo del volumen. Si en el título de Pesar todo se ponía de relieve una especie de ambigüedad o polisemia de los afectos (“a pesar de todo”, pero también que todo es pesar, y aun que debe pesarse o sopesarse todo), en el de Valer la pena se anuncia la determinación de un espíritu que ha sabido comparar las ventajas y los inconvenientes de una existencia trágica y una vocación imperiosa, de una vida marcada por innombrables “situaciones” y por un oficio urgente: “Quiero hablar del ciruelo en que la luz / se posa y canta un pájaro tardío. / Pero comienzan situaciones”.

Valer la pena es, en este sentido, un libro de poemas que manifiestan y desmenuzan el mecanismo que los hace posibles, o que vuelven materia de su exposición el hecho mismo de ser poeta, de hacer un poema, de llegar a decir (a estar) cuando parece imposible decir nada. “Lo que nadie dijo / está bajo las máscaras / que la verdad necesita”, puede leerse en un poema. Y en otro: “En los lenguajes abolidos pasea / la muerte pisando su animal”. Y en otro más: “En la memoria hay palabras que no se pueden decir”. Me parece que aquello “que nadie dijo” está muy cerca de los “lenguajes abolidos” y de las “palabras que no se pueden decir”; en los tres casos veo la misma preocupación y siento la misma desazón de lo inefable, la misma “extraña […] relación del mundo con el mundo”, esa “materia confusa de una puerta cerrada”. Me parece también que dicha elocuente indiferencia del mundo con respecto al hombre, de la memoria y la muerte con respecto al hombre, supone como un tránsito de lo mismo a lo diverso, de lo unitario a lo múltiple, de la planta singular a las hojas plurales:

La planta erguida toca el techo
y su cuadrado verde alrededor de la ventana
está solo en el mundo. Las hojas
viajan por el yeso quietas y el oro
les importa menos que el vidrio
que calienta detrás de la mañana.
No creen en dioses de la época.
Oyen sueños.

El “pesar” que resuena en Pesar todo equivale tal vez a la “pena” de Valer la pena. Luego, es un pesar que vale. Pena o pesar de ser uno en el tiempo: “Ser uno es no tener nada”. Valor, pues, de conseguir algo, así sea mínimo, al ser y con ser otro. “Se pasa de inocente a culpable / en un segundo. El tiempo / es así, torcazas / que cantan en un árbol cansado.”

Juan Gelman, Pesar todo. Antología, selección y prólogo de Eduardo Milán, México: Fondo de Cultura Económica, col. Tierra firme, 2001, 412 pp.

Juan Gelman, Valer la pena, México: Era, col. Biblioteca Era, 2001, 157 pp.

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