Leer por escrito

Ensayos de Luis Vicente de Aguinaga

Month: September, 2015

La otra vida

Por voluntad y por naturaleza, Hugo Gutiérrez Vega se cuenta entre los poetas que aspiran a verbalizar directa o casi directamente la experiencia humana. Él mismo ha señalado, en una charla con José María Espinasa, que “el poema es consecuencia de una experiencia vivida, y la trata de comunicar”. En mi opinión, de aquí no debe concluirse que el poema se desmorone cuando la vida, su causa eficiente, deje de comportar fluidez o consistencia; no debemos, tampoco, suponer que el texto repose nada más en lo anecdótico, en lo puramente biográfico. El caso particular de la obra de Gutiérrez Vega demuestra que el instante poético bien puede acompañar al instante vital, si es que ambas cosas pueden separarse: acompañarlo, no vivir a costa de su influjo ni obedecerlo ciegamente. Con el tiempo, con el paso del tiempo —sin duda la preocupación y el motivo central de las páginas que ha escrito el poeta, ensayista y diplomático tapatío—, la suma de los instantes poéticos revela su potencia de vida alternativa, de experiencia que supera en inmediatez a la memoria de la infancia, a los primeros sentimientos, a los recuerdos que se creían fundacionales. Encabezado por una simple y elocuente letra mayúscula que forjó Mallarmé, el Libro es la bitácora de esa vida otra.

En el caso de Gutiérrez Vega, ese Libro se dividió hasta fechas más bien recientes en Las peregrinaciones del deseo (1987) y las Nuevas peregrinaciones que la Secretaría de Cultura de Jalisco editó en 1994. Capítulos de una sola historia, o historias separadas que se complementan y al mismo tiempo se excluyen, ambos tomos participan de la sobresaltada y visceral “vida de un hombre” (adioses, descubrimientos, pérdidas, contactos, destierros, aprendizajes, desencuentros, emociones, victorias), de un hombre, apuntaba, que repetiría con gusto aquellas líneas de Sebastián Salazar Bondy:

Pertenezco a una raza sentimental,

a una patria fatigada por sus penas,

a una tierra cuyas flores culminan al amanecer,

pero amo mis desventuras,

tengo mi orgullo, doy vivas a la vida bajo este cielo mortal

y soy como una nave que avanza hacia una isla de fuego.

Porque, a la sombra de los templos griegos o en las playas brasileñas, atravesando con la vista una ventana de Praga o descansando en la campiña rumana, Gutiérrez Vega tiene bien claro su sentido de la pertenencia: el hombre guarda su patria en la mujer, en los amigos, el idioma. Patria de amores y enseñanzas, de muelles y aeropuertos, de libros y mascotas errantes (como ese “gatito español” que vio la nieve de Washington, los crepúsculos de Querétaro y las noches ardientes de Río de Janeiro); patria soñada en blanco y negro, donde se puede negar el infortunio, esquivar la tristeza y erigir otra vida, ya que no sólo “comunicar” la experiencia común. Si no existiera ese país, parece preguntarse Gutiérrez Vega, ¿dónde germinaría la palabra?

Nuevas peregrinaciones comienza con trece poemas de Georgetown Blues (1986) que no encontraron sitio en las primeras Peregrinaciones; incluye a continuación tres poemarios que no desconocerá un lector habitual de Gutiérrez Vega (Andar en Brasil, Los soles griegos y Cantos del despotado de Morea), y cierra de modo inmejorable con tres series inéditas: Ausentes, Pensando en Musil y Suite de Praga y Otros poemas. Esto no significa, sin embargo, que Nuevas peregrinaciones sea una mera compilación, un catálogo de textos diversos o francamente heteróclitos. Hay en este libro recurrencias, ecos, frases que son lanzadas al aire y aterrizan donde menos se les espera. Es el caso, por ejemplo, de los primeros versos del primer poema:

En el arco impecable del mediodía que crece

y pronto cae en los brazos de la tarde,

que se desdoblan con puntual belleza en las últimas líneas del poema final:

Así los días eran un arco perfecto

y nuestra vida se iluminaba

con las amanecidas

y los crepúsculos.

Recurrencias, ecos, frases que hacen pensar en un material orgánico, en un todo que la realidad externa y el diálogo interno respaldan.

Al igual que Borges, Gutiérrez Vega ha comprendido que “con nosotros desaparecerá una visión del mundo”. Con nosotros morirán quizá los últimos dedos que acariciaron un pelaje, los últimos ojos que vieron una comedia de los años treinta. “¿Qué morirá conmigo cuando yo muera?”, se preguntaba el hacedor argentino; “¿qué forma patética o deleznable perderá el mundo?” Y en las Nuevas peregrinaciones encontramos dos ejemplos de esta pérdida general e irremediable: dos poemas de Andar en Brasil aparecen dedicados, respectivamente, a Manuel Puig y a Antonio González de León; ambos han muerto al llegar las páginas finales, y hay para ambos una oración de despedida. En suma, pues, el Libro es otra vida, es el registro de un tiempo que fluye, que arrastra en su camino a los hombres y a los objetos.

“Vive con tus poemas antes de escribirlos”: he aquí una de las más altas recomendaciones del brasileño Carlos Drummond de Andrade. Siguiendo ese dictado, y retocándolo secretamente, Hugo Gutiérrez Vega ha decidido vivir con sus poemas antes y después de escribirlos. Antes y después: durante la escritura. Sobra decir que el Libro es el Poema, y que el poema es la vida alternativa que nos amamanta y nos encubre, nos da una memoria y nos descubre.

Hugo Gutiérrez Vega por Javier Narváez

Este artículo forma parte de mi libro Lámpara de mano: sobre poemas y poetas (Arlequín / Universidad de Guadalajara, col. Bajo Tantos Párpados, 2004, pp. 111-115). La foto es de Javier Narváez.

De la escritura como lectura, o viceversa

(En diciembre de 2002, a un año de la muerte de Juan José Arreola.)

El año que ya mero se acaba —como decimos entre amigos— puede haber sido fúnebre, y acaso funerario, pero de ninguna manera funesto para los amigos, familiares y lectores de Juan José Arreola. Las ediciones, conferencias, mesas redondas y homenajes en general (entre los que debe contarse, por ejemplo, el grado de doctor honoris causa que la Universidad Autónoma Metropolitana le concedió post mortem al prosista de Zapotlán, ese “pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años” y que se resiste desde luego a perder su topónimo náhuatl) han crecido y se han multiplicado felizmente a lo largo de doce meses breves, intensos y muy ricos en materia de rememoración. En última instancia, urgidos por un deber luctuoso del que no renegamos, la palabra funesto cabría emplearla el día de hoy, pasado apenas el aniversario terrible, como la empleara Martín Mora en cierto número de la revista El Zahir: la “funesta memoria de Jorge Luis Borges”, en aquella página, merecía el adjetivo por cuanto en él refiere a lo concerniente a Funes, el perturbador y melancólico personaje abrumado por la incapacidad total de olvidar. Funesta es la memoria, pues, que hace de Funes (y de su creador) una persona memorable.

Sin embargo, por encima de Funes, acaso el mayor símbolo que Borges acuñara (o, como él hubiera dicho, “amonedara”) es el de la biblioteca en tanto metáfora del universo. Educado por los maestros del relato policial, que hicieron de la lectura una operación indispensable para comprender el mundo como texto cifrado, Borges fue más allá de la estricta resolución de intrigas criminales y dignificó el acto de leer hasta elevarlo a niveles de clave ontológica. El protagonista de “La escritura del dios”, un sacerdote maya hecho preso en las guerras de conquista, despeja los caminos de su liberación —y luego los desdeña— gracias a la magia de la lectura. Otro adivino y hermeneuta, en “El espejo de tinta”, se gana la salvación y más tarde la condena por su don de leer. Al escritor que pide un año de plazo con el fin de concluir su obra (pensamos, claro está, en “El milagro secreto”) se le otorga, en el instante que precede a su fusilamiento, la facultad agónica de leer en el rostro de sus verdugos la evolución del trabajo que de otro modo no habría podido ejecutar. No hablemos ya de los demiurgos, poetas y bibliotecarios de los cuentos, ensayos y poemas de Borges: la lectura es en ellos, invariablemente, una forma de acción creadora, de intelección y de puesta en orden. Sostengamos, mejor, que si Arreola fue sensible a la enseñanza de Borges —premisa que todos aceptamos, aun cuando no alcancemos a entender por qué— lo fue más que nada en este sentido.

Arreola describió su aprendizaje de Borges —de forma explícita, digamos— en textos como “Borges lector”, y textos como “Borges lector” pueden leerse ahora como efecto concreto del año memorioso al que nos referimos en estos párrafos. “Borges lector” es una conferencia recogida en Prosa dispersa, volumen preparado por Orso Arreola y publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes no hace más de tres meses. Entre muchas otras cosas, Arreola declara en tales páginas que Borges “nos ha enseñado a leer”, y acto seguido insinúa que hay diferentes clases de lectura, no solamente la “lectura personal”. Si entonces no se reducen al acto literal de leer, esto es: de observar y traducir las meras letras y los espacios en blanco de un papel, formando palabras con letras y vacíos tipográficos, y frases con las palabras, ¿cuáles pueden ser esas clases de lectura? Son, para empezar, la escritura como lectura, es decir: la composición de textos practicada en el mismo impulso que nos permite leerlos, y en consecuencia la lectura ya no como pasión, como entretenimiento pasivo del individuo, y sí como acción. La lectura, en síntesis, como función organizadora de la vida y modelo suyo: punto de comparación y elocuente figura de las emociones, de las percepciones, del hecho simple de ver las cosas y las personas alrededor y actuar —ya se ha dicho— gracias a ello.

Conviene recordar una frase de “Post scriptum”, pasaje impresionante de los Cantos de mal dolor según los agrupa el Bestiario definitivo (1972): “He recuperado mis facciones, una por una, posando para el cincel de la muerte”. En esta línea, tan firme y tan poderosa, el “cincel de la muerte” puede ser entendido como la usura del tiempo y las adversidades, como el desgaste de la experiencia, que conduce al hombre de camino a la desaparición. Ser de nuevo uno mismo, recuperar las propias facciones, termina siendo aquí el resultado de ya no ser —o de ser cada vez menos— uno mismo: la consecuencia, repitámoslo, de morir. El hecho de morir, con ello, es análogo al acto de leer: la lectura es también una interiorización de lo ajeno, y esa interiorización va formándonos como sujetos. Leyendo recuperamos, una por una, las facciones de nuestro rostro: posamos, ante una página escrita, para el cincel de una experiencia que no hemos vivido en principio, la experiencia de alguien más, ajena pero asimilable al cabo. Leer no es morir: es renacer. Pero esto último, renacer, es impensable si no se ha muerto antes. El que lee, por el solo acto de recoger una suma de signos en un orden preciso, deja de ser quien es para serlo entonces verdaderamente.

“Estabas a ras de tierra y no te vi”, escribe también Arreola en un poema brevísimo. “Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte.” Bastan dos oraciones, una cláusula perfecta y aguda, para trascender lo aparente: lo que se tiene a la vista no se ve sin pasar antes por lo invisible. No alcanza con lo que se ve sencillamente, como los trazos de la letra escrita, para encontrar lo que se busca: es preciso “cavar hasta el fondo” de sí mismo para dar con lo ajeno, con esa forma de alteridad que responde al pronombre , a la segunda persona del número singular: “Estabas”, dice, o “no te vi”, o “encontrarte”. Como sucede también con el texto citado más arriba, en éste de algún modo se manifiesta (en filigrana, diríamos) la preocupación de Arreola por la escritura: su título es “Ágrafa musulmana en papiro de Oxyrrinco”, y podemos leerlo en una serie de “Doxografías”. El otro se titulaba “Post scriptum”. A distintos niveles, tanto el sustantivo ágrafa como papiro y doxografía, puestos aquí muy cerca del participio latino scriptum, “escrito”, participan de la escritura ya por implicación semántica (tal es el caso de papiro), ya por derivación etimológica: en las palabras ágrafa y doxografía está, bajo las vestiduras de un radical griego, el verbo escribir. Y nos parece al mismo tiempo que se habla en ambas páginas de la lectura, o de algo que sólo toma forma por obra de la lectura.

Pero quizá el primer texto que deberíamos recordar, puesto que hablamos de leer y escribir, es otro que no se ha leído ni ha sido vuelto a escribir por ahora. Son cuatro líneas que aparecen, confinadas al calce de la página, debajo de los dramatis personæ de “¡Tercera llamada, tercera! o Empezamos sin usted”, obra de teatro que por sí sola constituye la tercera sección de Palindroma (1971):

El autor autoriza y aprueba desde ahora todas las supresiones, añadidos y mejoras que se hagan a esta pieza. Permite morcillas a los actores que olviden el texto o se sientan inspirados. Y si alguien la vuelve a escribir por entero, y le pone música, aquí están anticipadas las gracias.

Lo primero que debe hacerse, así fuera nomás con el objeto de respetar el orden sintáctico de tan poco habitual acotación, es advertir lo que se dice con las primeras tres palabras: “El autor autoriza”. Observemos que, si la cualidad o característica tautológica del autor es precisamente su autoridad, el gesto de ceder a los actores e intérpretes en general del script esa cualidad significa invitar a los lectores a convertirse de una vez en autores del texto. Lo que parecería de inicio una pura broma, divertida pero insignificante, ¿lo es en realidad? ¿No está diciendo Arreola que sus lectores, por el hecho simple y al mismo tiempo sofisticado de ser eso: lectores, también son creadores —no potenciales: prácticos— de cuanto leen? Con esto no quiere decirse que las fronteras entre autor y lector no existan, o que sean triviales o insignificantes, o que no sirva de nada comprenderlas. Quiere decir, y es muy distinto, que si existe un autor es porque también existe como lector (de su propia escritura, sin ir más lejos) y que si existe un lector es porque necesariamente habrá de verificarse una transformación cualitativa del texto leído. Recuérdese también la introducción a Lectura en voz alta (1968) del propio Arreola: “Lector, éste es un libro de lectura”. Y en ese “libro de lectura” están, por sólo referirnos a un caso entre muchos, dos capítulos de La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, en la traducción formidable de Rafael Cabrera. Donde los pequeños Alain y Dionisio, traducidos por Cabrera, declaran que “las voces estarán con nosotros”, el Arreola lector afirma que “las voces están con nosotros”; donde Cabrera dice “claras praderas”, Arreola prefiere “largas praderas”; cuando los niños de Cabrera escuchan “las campanas de las iglesias”, los de Arreola se quedan con “las campanas de la iglesia”. Se trata, pues, de un lector que no duda en escribir el texto que mejor le parece.

Concluyamos, en este mismo registro, refiriendo a un ejemplo no menos elocuente que los anteriores. Ya pasaron seis años desde que la Secretaría de Cultura de Jalisco editó, en páginas deficientes y tipográficamente bochornosas, treinta y tantas composiciones en verso de Juan José Arreola bajo el título de Antiguas primicias. En otro sitio hemos dicho que Antiguas primicias no debe confundirse, por mucho que se remedien sus errores al paso de los años, con una eventual “poesía reunida” de Arreola. Tomando en cuenta que dicho libro compendia el número casi total de los madrigales, décimas, canciones y sonetos de Arreola, parece legítimo preguntarse: ¿por qué no habría de ser así? La respuesta, que de tan evidente no fue visible para esos editores desaprensivos, es que la poesía de Arreola fue sobre todo escrita en prosa: no en ficciones, comedias o reflexiones más o menos “poéticas”, desde luego, sino en verdaderos poemas en prosa.

Con todo, la expresión en verso de Juan José Arreola llegó a conocer momentos conmovedores y exactos. Tres o cuatro sonetos “de su inspiración”, como suele decirse, agrandarían sin menoscabo antologías como la que preparó Salvador Novo, llamada Mil y un sonetos mexicanos. Pienso, no tan al azar, en el que termina con estas líneas: “Yo soy la eternidad que se recrea / al hacer en mi ser otro segundo”. Pero tal vez el mejor poema en verso de Arreola no sea, en estricto sentido, suyo: es de Pontus de Thyard (1521-1605), poeta francés de La Pléyade y autor de una pequeña maravilla que Arreola tradujo hacia 1975 en El Sol de México. Esa traducción, como todos los textos de Arreola que informaron y constituyeron su Inventario de 1976, puede leerse nuevamente ahora porque la editorial Diana y el CONACULTA recién han vuelto a publicar el mencionado libro. Considérese, nada más en la primera de sus estrofas, que Pontus de Thyard habla de un doux repos donde Arreola no dice más que “reposo”, y que donde Arreola traduce: “ven, húndeme los ojos en deseado beleño”, Pontus de Thyard había escrito: Viens, Sommeil désiré, et dans mes yeux te plonge (letra por letra: “Ven, Sueño deseado, y húndete en mis ojos”). Acordemos, en suma, que la traducción de Arreola es no sólo más que un traslado lingüístico, ya que toda versión es más que un traslado lingüístico a fin de cuentas: la de Arreola es también una escritura, una inscripción cuyo modelo, si bien puede identificarse con relativa facilidad, no se agota en sus límites. Es un texto que, como la vida o como nuestra cara, puede más o menos parecerse a la vida o al rostro de alguien más, pero que al cabo es nuestro patrimonio y dibuja los contornos de la memoria que tenemos de nosotros mismos.

He aquí el poema. Concluyamos leyéndolo, como habíamos dicho:

Oh padre del reposo, sueño padre del Sueño,

ahora que la noche con grande sombra oscura

da al aire sereno su húmeda envoltura,

ven, húndeme los ojos en deseado beleño.

Tu ausencia, sueño, me prolonga el empeño

haciéndome que sufra esta pena más dura.

Ven por favor, oh sueño, anégame en dulzura,

da a todos mis males desenlace risueño.

Sus mudos escuadrones ya conduce el silencio

de fantasmas errantes bajo la noche ciega,

y a mí tú me desdeñas, yo que a ti reverencio.

Envuelve mi cabeza con soñadas quimeras,

porque en voto sincero, mi mano aquí te entrega,

en un ramo nocturno, moras y adormideras.

(Este ensayo forma parte de mi libro Lámpara de mano: sobre poemas y poetas, coeditado por Arlequín y la Universidad de Guadalajara en la colección Bajo Tantos Párpados en 2004.)

Lámpara de mano

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