La otra vida

by luisvicentedeaguinaga

Por voluntad y por naturaleza, Hugo Gutiérrez Vega se cuenta entre los poetas que aspiran a verbalizar directa o casi directamente la experiencia humana. Él mismo ha señalado, en una charla con José María Espinasa, que “el poema es consecuencia de una experiencia vivida, y la trata de comunicar”. En mi opinión, de aquí no debe concluirse que el poema se desmorone cuando la vida, su causa eficiente, deje de comportar fluidez o consistencia; no debemos, tampoco, suponer que el texto repose nada más en lo anecdótico, en lo puramente biográfico. El caso particular de la obra de Gutiérrez Vega demuestra que el instante poético bien puede acompañar al instante vital, si es que ambas cosas pueden separarse: acompañarlo, no vivir a costa de su influjo ni obedecerlo ciegamente. Con el tiempo, con el paso del tiempo —sin duda la preocupación y el motivo central de las páginas que ha escrito el poeta, ensayista y diplomático tapatío—, la suma de los instantes poéticos revela su potencia de vida alternativa, de experiencia que supera en inmediatez a la memoria de la infancia, a los primeros sentimientos, a los recuerdos que se creían fundacionales. Encabezado por una simple y elocuente letra mayúscula que forjó Mallarmé, el Libro es la bitácora de esa vida otra.

En el caso de Gutiérrez Vega, ese Libro se dividió hasta fechas más bien recientes en Las peregrinaciones del deseo (1987) y las Nuevas peregrinaciones que la Secretaría de Cultura de Jalisco editó en 1994. Capítulos de una sola historia, o historias separadas que se complementan y al mismo tiempo se excluyen, ambos tomos participan de la sobresaltada y visceral “vida de un hombre” (adioses, descubrimientos, pérdidas, contactos, destierros, aprendizajes, desencuentros, emociones, victorias), de un hombre, apuntaba, que repetiría con gusto aquellas líneas de Sebastián Salazar Bondy:

Pertenezco a una raza sentimental,

a una patria fatigada por sus penas,

a una tierra cuyas flores culminan al amanecer,

pero amo mis desventuras,

tengo mi orgullo, doy vivas a la vida bajo este cielo mortal

y soy como una nave que avanza hacia una isla de fuego.

Porque, a la sombra de los templos griegos o en las playas brasileñas, atravesando con la vista una ventana de Praga o descansando en la campiña rumana, Gutiérrez Vega tiene bien claro su sentido de la pertenencia: el hombre guarda su patria en la mujer, en los amigos, el idioma. Patria de amores y enseñanzas, de muelles y aeropuertos, de libros y mascotas errantes (como ese “gatito español” que vio la nieve de Washington, los crepúsculos de Querétaro y las noches ardientes de Río de Janeiro); patria soñada en blanco y negro, donde se puede negar el infortunio, esquivar la tristeza y erigir otra vida, ya que no sólo “comunicar” la experiencia común. Si no existiera ese país, parece preguntarse Gutiérrez Vega, ¿dónde germinaría la palabra?

Nuevas peregrinaciones comienza con trece poemas de Georgetown Blues (1986) que no encontraron sitio en las primeras Peregrinaciones; incluye a continuación tres poemarios que no desconocerá un lector habitual de Gutiérrez Vega (Andar en Brasil, Los soles griegos y Cantos del despotado de Morea), y cierra de modo inmejorable con tres series inéditas: Ausentes, Pensando en Musil y Suite de Praga y Otros poemas. Esto no significa, sin embargo, que Nuevas peregrinaciones sea una mera compilación, un catálogo de textos diversos o francamente heteróclitos. Hay en este libro recurrencias, ecos, frases que son lanzadas al aire y aterrizan donde menos se les espera. Es el caso, por ejemplo, de los primeros versos del primer poema:

En el arco impecable del mediodía que crece

y pronto cae en los brazos de la tarde,

que se desdoblan con puntual belleza en las últimas líneas del poema final:

Así los días eran un arco perfecto

y nuestra vida se iluminaba

con las amanecidas

y los crepúsculos.

Recurrencias, ecos, frases que hacen pensar en un material orgánico, en un todo que la realidad externa y el diálogo interno respaldan.

Al igual que Borges, Gutiérrez Vega ha comprendido que “con nosotros desaparecerá una visión del mundo”. Con nosotros morirán quizá los últimos dedos que acariciaron un pelaje, los últimos ojos que vieron una comedia de los años treinta. “¿Qué morirá conmigo cuando yo muera?”, se preguntaba el hacedor argentino; “¿qué forma patética o deleznable perderá el mundo?” Y en las Nuevas peregrinaciones encontramos dos ejemplos de esta pérdida general e irremediable: dos poemas de Andar en Brasil aparecen dedicados, respectivamente, a Manuel Puig y a Antonio González de León; ambos han muerto al llegar las páginas finales, y hay para ambos una oración de despedida. En suma, pues, el Libro es otra vida, es el registro de un tiempo que fluye, que arrastra en su camino a los hombres y a los objetos.

“Vive con tus poemas antes de escribirlos”: he aquí una de las más altas recomendaciones del brasileño Carlos Drummond de Andrade. Siguiendo ese dictado, y retocándolo secretamente, Hugo Gutiérrez Vega ha decidido vivir con sus poemas antes y después de escribirlos. Antes y después: durante la escritura. Sobra decir que el Libro es el Poema, y que el poema es la vida alternativa que nos amamanta y nos encubre, nos da una memoria y nos descubre.

Hugo Gutiérrez Vega por Javier Narváez

Este artículo forma parte de mi libro Lámpara de mano: sobre poemas y poetas (Arlequín / Universidad de Guadalajara, col. Bajo Tantos Párpados, 2004, pp. 111-115). La foto es de Javier Narváez.

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