De identidades e inminencias

Conviene preguntar y preguntarse de vez en cuando con qué suerte ha corrido el clasicismo poético en México. En su día, Jorge Cuesta dijo con buen estilo y mejores argumentos que la poesía europea se implantó en México en el más universal de sus avatares, el petrarquista, de modo que su desarrollo posterior obedeció a ese origen como se obedece a un condicionamiento estructural, no como se responde a un mero incidente. Universal, el modo petrarquista lo fue por sus aspiraciones, desde luego, pero también por su influencia. Petrarquistas fueron Ronsard, Garcilaso, Shakespeare y Sor Juana, cada cual a su modo. No lo han sido menos Pedro Salinas, Pablo Neruda, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines y Javier Sicilia. Cuando se afirma que determinada poesía moderna tiende al clasicismo, lo cierto es que tiende al petrarquismo.

No estoy hablando de tal o cual academicismo literario. Muchos, generalmente con malas intenciones, califican de académicos a los poetas que juzgan conservadores o incluso timoratos. Pero, a decir verdad, ¿cómo podrían existir poetas académicos en México si no se han mantenido —en caso de haber existido alguna vez— auténticas academias de poesía, escuelas que fomenten el aprendizaje de los estilos, temas y preceptos que pueden, en rigor, llamarse clásicos? Al menos en México, la nobleza del clasicismo es la del autodidactismo. En el siglo XX y lo que ha transcurrido del XXI, los petrarquistas lo han sido porque han decidido aprender a serlo, y lo que han aprendido lo han aprendido por sus propios medios. De las generaciones más recientes de poetas mexicanos, casos como los de Jorge Fernández Granados, Marcos Davison, Jorge Ortega y Hernán Bravo Varela ilustran, con las diferencias propias de cada caso, este fenómeno.

No ignoro que Ortega, estilista de magnífica prosodia y brillante vocabulario, debe lidiar desde hace algunos años con su propia reputación de poeta barroco. Los lectores perezosos, poco habituados a escandir un verso, descifrar una figura o escuchar las resonancias de una sílaba tónica, etiquetan y caricaturizan con irresponsable facilidad. No faltan, así, quienes dan por sentado que todo cuanto escribe Ortega se ajusta, sin más, a un patrón de temas arcaizantes, frases conceptuosas y metros regulares. Lo cual es, por supuesto, falso, aunque significativo. Si entender la obra de un poeta es de por sí difícil, forzarse a leerla con los anteojos equivocados es condenarse a la incomprensión y el estereotipo. El propio autor, en su reciente y muy recomendable volumen de prosa crítica titulado El ancla y el arado, despeja ciertos equívocos a propósito de sus “inclinaciones de lector” y “lecturas formativas”:

Se ha dicho que mi poesía comporta algunos rasgos del llamado neobarroco, término tan vago como impreciso para designar las aportaciones que supuestamente ampara. Considerando que las poéticas están sujetas al proceso de mutación constante que implica la maduración humana del poeta, no me corresponde a mí aseverar dónde, o en qué ámbito estético o estilístico debo asentar mi proyecto de escritura. Es probable que la fama de mis inclinaciones de lector o de mis lecturas formativas haya emitido una falsa señal, ya que no solamente leo con gusto a quienes escriben como yo sino igualmente a quienes escriben desde las antípodas.

Los poemarios más recientes de Ortega me interesan particularmente. La serie formada por Estado del tiempo (2005), Devoción por la piedra (2011) y Guía de forasteros (2014) impresiona por su equilibrio, coherencia y hondura. Ortega, desde su primera juventud, ha sido un poeta de ambición clásica. En sus libros parecen cruzarse los caminos del retrato, el paisaje y la meditación introspectiva. Ortega es, en particular, un formidable retratista de paseantes y desconocidos. También es un viajero melancólico, ya que no triste, capaz de resumir un espacio en tres o cuatro líneas de tinta. Y al filo de sus poemas va dibujándose la figura de un solitario: la meditación, en Ortega, suele tener por tema la situación específica del sujeto, su lugar concreto en un mundo que va moviéndose bajo sus pies. Más que mirar, le importa observar (aunque se sabe llamado, más que a observar, a contemplar).

Guía de forasteros es un libro extenso y sustancioso que supera con amplitud el centenar de páginas. El poema inicial es, de cierta forma, un prólogo y una poética. En él se describen las etapas del ascenso por un camino de montaña. La revelación del mar aguarda en lo alto. Pero, si se me permite decirlo así, el interés expresado en el poema radica en escalar, no en haber alcanzado la cima: “El poema se hace en el ascenso”. Una sintaxis digna de José Ángel Valente le hace decir a Ortega, en el último verso, que las pretensiones del poeta se desvanecen cuando escapa de sus manos “el resbaloso pez de las alturas”. Al mismo tiempo, ese “pez de las alturas” es afín a los “peces del aire altísimo” de José Gorostiza. Ortega no lo subraya, como es natural, pero en esa confluencia de dos maestros también radica una de las claves para entender sus poemas, concebidos como un espacio de confrontación y ajuste de referencias muy variadas.

El poemario se organiza en seis apartados. El primero y el último contienen once poemas cada uno; los demás, diez. En la cantidad total de sesenta y dos poemas cabe sospechar una razón oculta: cada poema representa un minuto de la hora, cuando no un segundo del minuto, a excepción del primero y el último, que son el alfa y el omega, el instante del principio y el instante de la conclusión, ajenos al tiempo uno y el otro. El último poema del volumen, elocuentemente, se titula “Final del trayecto”.

A mi juicio, lo anterior cobra toda su importancia cuando se advierte que dos temas predominan en Guía de forasteros: la inminencia y el cuestionamiento a propósito de la identidad personal. Ambas preocupaciones, por añadidura, se despliegan sobre un fondo de viajes y mudanzas. “Algo inaudito está por suceder, / pero puede que no nos enteremos”, dice Ortega. En otro poema escribe: “Algo sucede mientras las apariencias se confían al curso de la lógica”. Y en otro, aún: “Algo quiere ser dicho”. Y en otro:

Detrás del cerco abstracto de la noche,

al margen de su cúpula gaseosa

o más allá de aquellas fragosas latitudes en que se carbonizan

los horarios

brilla el lomo desnudo

de un lugar imposible.

Quiero decir con lo anterior que los temas principales del poemario se intensifican por obra del minutero que avanza figuradamente conforme se recorren las páginas. Ortega observa la naturaleza, recorre ciudades o carreteras distantes e indaga en los gestos de los desconocidos, y al hacerlo intuye que algo está pasando sin que lo sepamos y que algo más está por ocurrir. Oye silbar “un aire que está casi a punto / de contar un secreto” y adivina en las cosas “un sobresalto que ni quién perciba”. El poeta no siempre identifica el objetivo de sus búsquedas, pero cuando las presiente no duda en expresarlas como una carencia:

Lo que no se ve.

Lo que le falta a la Tierra

para ser redonda.

Eso que falta en el mundo —insinúa Ortega— es la identidad misma del poeta. Si no fuera temerario hablar de personajes en un libro de poemas, diría que un personaje va tomando forma en Guía de forasteros a fuerza de vagabundeos. Es un personaje que tiene, pues, los rasgos de un flâneur, de un caminante sin prisa, sin itinerario ni obligaciones aparentes. Aunque, por una parte, se juzgue apropiado etiquetarlo como un heredero (cuando no un prófugo) del Siglo de Oro, lo cierto es que Ortega es también un paseante meditativo y hedónico, un melancólico que se pierde por montes y senderos como Baudelaire se perdía por barrios, callejones y plazuelas. En última instancia, las divagaciones y paseos de Ortega por llanos, carreteras, playas y ciudades conducen a diferentes respuestas para una misma pregunta: ¿quién soy cuando estoy en otra parte?

Abundan versos y estrofas en Guía de forasteros que servirían para ilustrar el clasicismo de su autor. Me limitaré a dar un solo ejemplo. En el poema “Escalera del agua”, casi al final, puede leerse: “Bajemos más despacio / a nuestra tumba”. Es fácil advertir que ambos versos constituyen un solo endecasílabo: “Bajemos más despacio a nuestra tumba”. No se trata, por lo demás, de un endecasílabo cualquiera, sino del verso 175 del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz,

Entremos más adentro en la espesura,

recreado aquí con tonos epicúreos. El poeta se apoya en San Juan para decir, poco más, poco menos, que no tiene prisa de morir: bien puede la tumba esperar un poco más.

Recurro de nuevo a la prosa crítica de Ortega: “El meollo del poema lírico acabó de madurar en el Romanticismo, estadio por el cual la subjetividad termina de gestionar su carta de nacionalidad en la conciencia artística de Occidente”. Si el flâneur al que me referí líneas arriba es eminentemente romántico, y si la extrapolación es la estrategia predilecta del Romanticismo, no habrá nada de malo en que yo extrapole la idea de Ortega para sostener que la subjetividad, en el caso particular de Guía de forasteros, parece adecuarse a un periplo vital que pasa por Cataluña, Venecia, Madrid y los desiertos de Norteamérica, pero que va en el fondo de Fray Luis de León a García Lorca, de Roberto Juarroz a José Emilio Pacheco, de los poetas españoles llamados “culturalistas” (pienso en Gimferrer, Talens, Núñez, Carnero, Sánchez Robayna, Siles) a David Huerta. Clásico ante la forma y romántico, a decir verdad, en el espíritu, Ortega entiende la identidad como una duplicidad. Cuando habla de subjetividad, sin duda se la plantea en los términos de Antonio Machado y Octavio Paz:

Asomado a la calle doy conmigo

pintado en la ventana.

 

Cuál de los dos se observa, quién examina a quién,

cuál es el relativo verdadero, cuál el ficticio a medias,

qué lo ha traído aquí, qué tanto hurga

en el andén de la premura ajena.

Como suele pasar cuando se habla de poesía, llego al final del recorrido con la sospecha de haber dicho demasiado. Es probable que Guía de forasteros quepa, después de todo, en un solo verso, en un endecasílabo particularmente sonoro, con peculiares acentos en la quinta y séptima sílabas: “Voy por la intemperie tocando puertas”. En ese verso hay lugar para la identidad, para el viaje y para la tradición poética. Y lo hay también para la inminencia: para esa puerta, la indicada, la que se abrirá de un momento a otro.

Guía de forasteros

Jorge Ortega, Guía de forasteros, Toluca: Bonobos / Conaculta, col. Oval, 2014, 121 pp.