Elogio de la intimidad

Es de lo más normal que la vida íntima y la vida cívica se imbriquen y hasta se confundan. Todo el tiempo, en el contexto que sea, la memoria, el gusto y los rasgos anímicos del individuo lo condicionan de frente a su comunidad y, al mismo tiempo, van haciendo de la comunidad ese continuo del que forma parte. Pero que la representación y el cuestionamiento de la intimidad, con sus placeres y dolores, con sus miedos y secretos, acaben por expresar las inclinaciones e intereses políticos de un individuo cualquiera ya parece menos frecuente, y sin embargo es un recurso típico de gran parte de la poesía mexicana moderna (y acaso de toda poesía nacida en los alrededores de la lírica italianizante del renacimiento europeo).

Escribir un poema, en el sentido moderno de la palabra, es construirse una identidad. Poco importa si esa construcción se corresponde o no con la biografía del poeta. Poco importa si el discurso en que toma forma la identidad poética es coherente o incoherente. Puede incluso afirmarse que la poesía construye identidades más allá del discurso. En ese más allá está lo real, o sea la materialidad sensible (más que inteligible) de las cosas del mundo: materialidad que se deja oír, oler y palpar antes de ser entendida. La identidad que se construye al escribir un poema no es, por lo tanto, la del poeta que lo escribe ni tampoco la de su lector, aunque uno y otro, lector y poeta, se puedan refugiar en última instancia en ese hueco trabajado por el ritmo verbal, por la energía instintiva de ciertas frases, por el deseo del sentido más que por la certeza del significado.

Así las cosas, la subjetividad ─como ha dicho Jenaro Talens─ es un espacio, un lugar desde donde la palabra es emitida o en donde la palabra es escuchada. Ese “lugar vacío, construido por el enfrentamiento entre [un] objeto y [su] lector”, para insistir en los términos de Talens, es capaz de acoger al individuo siempre y cuando éste sea concebido como entidad verbal. Dicha o contenida, sonora o silenciosa, la palabra da testimonio (es, en verdad, el único testimonio concreto) del sitio donde la identidad, tan vacía como una caja de resonancia, se ha definido. El sujeto no se dota de realidad a sí mismo ni se construye por impulso propio: es, antes bien, el tejido innumerable de las respuestas, reflejos y reacciones con que va ratificando su sitio en el mundo. Dicha ratificación, por lo demás, empieza a ocurrir cuando no puede tenerse conciencia todavía de que un sitio en el mundo y una subjetividad propia son una sola cosa. Tal vez el placer estético no sea más que la satisfacción de reconocerse fuera de sí, en una obra o acontecimiento exterior a la conciencia, pero también, y al mismo tiempo, dentro de sí, en un punto específico de la persona que responde a esa pulsación en particular y resuena con ella.

Si bien a toda política le resulta indispensable una plaza pública para existir, la política de la poesía tiene lugar en una plaza íntima. Incluso cuando el poema se refiere a sucesos, personajes o conflictos del espacio público, la función del poema estriba en asociarlos con emociones inseparables del sujeto y de su más estricta privacidad sensorial y sentimental. El fervor o el distanciamiento, la ternura o la indignación, reducen el enorme aparato de los fenómenos del mundo al no, al o al quizás del individuo, y el poema es el territorio donde semejante reducción suele operarse con mayor nitidez.

En la memoria de todo lector de Ramón López Velarde figura dos veces, por lo menos, el concepto de intimidad. Me refiero, desde luego, a la “íntima tristeza reaccionaria” con que termina “El retorno maléfico” y a la evocación del “íntimo decoro” con que inicia “La suave Patria”. Pero no hace falta rebuscar en páginas olvidadas para encontrarse con otras incidencias del mismo vocabulario: en “Mi corazón se amerita…”, López Velarde compara su corazón con una “lengua de fuego / que se saca de un íntimo purgatorio a la luz”, y en la que sea tal vez la más leída de sus prosas, “Novedad de la Patria”, reivindica “una patria, no histórica ni política, sino íntima”.

Hoy diríamos (gracias, entre otros, al propio López Velarde) que la patria íntima no tiene por qué oponerse a la patria pública. Una y otra, por mucho que parezcan adversarias, confluyen y se complementan, por ejemplo, en el Cuauhtémoc de “La suave Patria”, y su alianza tiene acentos de rebelión y de victoria póstuma. El “joven abuelo” no sólo es un resistente paradigmático: también es, en última instancia, un seductor irresistible a cuyos pies acaba rindiéndose la cultura enemiga, ese “idioma del blanco” que, imantado por la juventud, la dignidad y la belleza del héroe, le profesa una ferviente devoción.

Así pues, el derrotado en vida triunfa en la posteridad. Ello puede interpretarse como un triste consuelo, incluso como un signo de conformidad con la tragedia, pero también como una inversión de los valores propios del relato histórico convencional, no tanto por ensalzar los méritos de un héroe vencido (procedimiento bastante común de toda mitología) sino por enfatizar que la derrota supone un recogimiento, un silencio y una soledad que la vuelven, si cabe, preferible al triunfo. Es en esa soledad, ese silencio y ese recogimiento donde se forma el universo íntimo de cierta poesía, que no tarda en acceder al goce a través de un erotismo ambiguo, ensombrecido por el pecado, y por la vía de una individualidad capaz de celebrarse hasta en sus pequeñas debilidades, como aquella “costumbre / heroicamente insana de hablar solo”.

La patria íntima de López Velarde ─y, con ella, la tesitura política de un importantísimo sector de la poesía mexicana moderna─ resulta, por así decirlo, de la exposición de sus tejidos internos hacia el exterior. Cuando el poeta se dirige a su novia de antaño, que ha padecido un desdén inexplicable de su parte, le ruega que no lo condene. Al hacerlo, adapta el noli me condemnare (Job, 10:2) del Antiguo Testamento: “¡Perdón, María! Novia triste, no me condenes”. Pero ni el poeta se toma por Job ni su amada es Yahvé. La perfidia del joven provinciano, que se aleja de la sencilla y preciosa María sin otro motivo que la estridencia de los trenes que pitan junto a su casa, nada tiene que ver con la tolerancia y abnegación del hombre castigado repetidamente por el destino. Al incorporar las palabras de Job a su propio discurso, López Velarde subraya, más que una semejanza, una diferencia radical entre su experiencia, por un lado, y la experiencia de los justos, héroes y prohombres de la memoria humana, por el otro.

La distancia que guarda López Velarde respecto a un libro tan grave, tremendo y respetable como el de Job se llama, por supuesto, ironía. Pero se trata de una ironía bastante peculiar, que no destaca por sus efectos humorísticos y sí, en cambio, por su compasiva serenidad. El poeta se percibe a sí mismo como un amante frívolo, capaz de repudiar a su amada sin verdaderos motivos, y al mismo tiempo sabe restaurado su prestigio gracias a los “ojos inusitados” con que María parece verlo (cuando no escrutarlo) desde un pasado que se diría remotísimo. “María se mostraba incrédula y tristona”, según confiesa el poeta en un pareado convenientemente prosaico: “Yo no tenía traza de una buena persona”. En otras palabras, al desvanecerse las esperanzas de María se disipan también su alegría y su fe, que dejan paso a la incredulidad y la tristeza. Su novio, que los lectores del poema relacionan sin duda con el autor del texto, ni siquiera se ve a sí mismo como un gran pecador, sino apenas como un pequeño indeciso que ha decepcionado a una muchacha pobre, seria y bonita que, para colmo, “llamábase María”, con lo cual insinúa que no tiene madera de santo ni puede aspirar a la gloria de los elegidos.

En las páginas que siguen buscaré acercarme a poemas compuestos desde una profunda intimidad. Como se verá, casi todos han sido escritos desde la primera persona de singular, y la elección de sus temas no deja lugar a titubeos. El sueño de volver al terruño y el miedo a encontrarlo devastado, el dolor físico, el deseo erótico cercano al pavor y hasta la resolución de no procrear hijos atañen a la más profunda subjetividad y constituyen experiencias que difícilmente pueden transferirse a una segunda persona. En el mejor de los casos, el individuo que sueña o se duele, que desea o toma con gravedad alguna decisión, puede aspirar a compartir momentos de su vida con gente que sueñe, se duela, desee o decida cosas parecidas. Pero si algo está detrás de todas esas emociones, impulsándolas y definiéndolas, es la soledad. La soledad es un estado irrevocable del sujeto, es la órbita de su nacimiento y el centro último de su composición, y sólo a partir de la soledad es concebible tender la mano propia en dirección de otra mano, esta vez ajena (para decirlo parafraseando a un poeta de muy distintas latitudes).

Cabe aclararlo: éste no es un libro sobre López Velarde. Más bien se trata de la expresión de un homenaje y la exposición de una querella, como sucede con todo ensayo de crítica literaria. López Velarde aparece, casi por fatalidad, en la mayoría de sus capítulos. El homenaje se le rinde a él, en buena medida, pero también a los demás poetas referidos y comentados a lo largo de sus páginas. La querella, o sea el diálogo, se plantea contra la ignorancia del propio ensayista, pero también a favor suyo. Nada se ha escrito aquí sin el obstáculo de numerosas limitaciones, de información o de criterio, pero nada tampoco se ha escrito sin el estímulo que representan esos desconocimientos, negligencias u olvidos.

Es en un vacío, el de la interlocución, donde toma forma la subjetividad. En ese mismo lugar convive la soledad innegociable del individuo con su propensión a encontrarse con el otro. Poemas de José Rosas Moreno y Enrique González Martínez, Luis G. Urbina y Alfredo R. Placencia, Elías Nandino y José Juan Tablada, Octavio Paz y José Emilio Pacheco, Luigi Amara, Jorge Fernández Granados y Ángel Ortuño, además de Ramón López Velarde, serán poco a poco referidos en estas páginas como pruebas de la soberanía del individuo, pero también como testimonios de una infatigable “búsqueda de interlocutor”, como habría dicho Carmen Martín Gaite.

Suele repetirse que un poema es de su lector casi tanto como de su autor. Lo cierto es que no es de uno ni de otro, sino que se tiende de uno al otro. La tensión de todo poema, de todo verso, de toda frase poética, es la del finísimo hilo que une, sobre un vacío, al ser que probablemente somos con el que posiblemente había estado llamándonos, quién sabe desde cuándo, hasta que finalmente respondimos.

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(“Elogio de la intimidad” es el prólogo de mi libro De la intimidad. Emociones privadas y experiencias públicas en la poesía mexicana, de reciente publicación en el Fondo de Cultura Económica.)