Los tiempos de Antonio Gamoneda

by luisvicentedeaguinaga

Suele creerse que los poetas encuentran su destino desde la juventud, cuando es fácil reconocerlos como miembros de tal o cual generación y, por ello mismo, como abanderados de ideas, hábitos y gustos presuntamente novedosos. Toda una panoplia de antologías, premios, festivales y actos publicitarios da forma, para bien o para mal, a ese destino. Cuando esto sucede, la vida parece reducirse a los términos de un currículum y el talento, en caso de haberlo, se atiene a las veleidades de la época.

Sin embargo, casos como el de Antonio Gamoneda echan por tierra esa creencia. Nacido en 1931, Gamoneda sólo encontró lectores atentos y escrupulosos hasta la década de 1980, cuando él mismo ya se consideraba (exageradamente, sin duda) un hombre a las puertas de la vejez. Para ello fue preciso que mostrara, en libros que por su fecha de publicación los despistados podrían juzgar tardíos, las implicaciones más enérgicas y profundas de su estilo, de sus temas y, me atrevo a decirlo, de su pensamiento.

Debo ilustrar mis palabras con ejemplos concretos. Hace tres décadas, el 1° de diciembre de 1986, Gamoneda ofreció en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un recital que tiempo después, en 2008, fue recuperado en formato de libro y disco compacto junto con dos recitales más, de 2001 y 2006 respectivamente. Ahí, un poeta de cincuenta y cinco años afirmó lo siguiente:

Hay en mi escritura poética una etapa que se corresponde con lo que yo llamaría la interrogación, la búsqueda y fundamentalmente el deseo; el deseo en el sentido más amplio, en el sentido de necesidad, de necesitar, de anhelar y de buscar. Hay otra etapa que podríamos llamar de la experiencia, en la cual las aspiraciones ceden terreno a la que podríamos llamar contundencia de los hechos históricos y biográficos. Hay una etapa posterior de perplejidad, que es lo que suele ocurrir al hombre después de la experiencia, y todavía hay otra que yo creo que estoy estrenando, que es la etapa del recuerdo y el olvido. Digo del recuerdo y del olvido, y quiero decir con esto de la memoria: la memoria no está hecha sólo de recuerdos, está hecha también de olvidos.[1]

Insisto en fechas, en años y en edades precisamente porque, como ya se ve, Gamoneda explica el desarrollo de la sensibilidad estética en razón de un proceso individual, casi biológico, de madurez. El deseo, la experiencia, la perplejidad y la memoria son las cuatro etapas que, a decir suyo, ha recorrido su palabra desde que, a los quince o dieciséis años, empezó a escribir los poemas de un primer libro que nunca publicaría como tal y que, mucho tiempo después, corregiría y adelgazaría bajo el título de La tierra y los labios. El primer libro que publicó fue Sublevación inmóvil, en 1960, pero no es ahí donde hay que buscar al Gamoneda más característico.

Los primeros libros importantes de Gamoneda constituyen un ciclo de gran interés. Me refiero a Descripción de la mentira (1977), Blues castellano (1982) y Lápidas (1987). Juntos, los tres poemarios forman la sección más notable de la compilación que Miguel Casado prologó en 1987 para la influyente colección de Letras Hispánicas de la editorial Cátedra, titulada Edad (muy elocuentemente). Dos energías parecen confluir en esos libros: por un lado, la rememoración de un pasado amargo, el de la España de posguerra; por el otro, el desmontaje o fragmentación de toda esa memoria, de tal suerte que lo recordado aparece bajo la forma de visiones no siempre inteligibles, aunque sí vívidas y expresivas. Gamoneda es un poeta visionario en ese justo sentido: el recuerdo sucede ante sus ojos con la fuerza de una revelación, de un modo visible. Como sucede con el Rimbaud de las Iluminaciones ―y, en ese mismo linaje, también con René Char, con García Lorca y con el Neruda de Residencia en la tierra―, los momentos de mayor alucinación parecen también los de mayor nitidez, como si estuviera en juego una especie de claridad o entendimiento no intelectual, sino sensorial.

En los años de Blues castellano, si bien Gamoneda comulga explícitamente con el marxismo, su noción de fraternidad es problemática. Se trata, en sus palabras, de “una fraternidad sin esperanza”. El vínculo entre la esperanza imposible y la imposible fraternidad se apretará poco a poco, borrando los límites entre ambas. El poeta dirá: “Nadie tenía razón ni esperanza”, y aún: “Otros os engañáis con la esperanza”. Ello, en cierto modo, lo distanciará de sus modelos más reconocibles: Vallejo y Blas de Otero. Tiempo después, cuando en Libro del frío escriba: “No tengo miedo ni esperanza”, el peso colectivo de la desesperanza quedará reducido a su más austera expresión individual.

Las frases largas y desengañadas, el recurso frecuente a la sinestesia y la recuperación visionaria del pasado se convertirán, entre Descripción de la mentira y Lápidas, en los principales rasgos de la singularidad poética de Gamoneda. El segundo ciclo de su obra será, por ello, un ciclo de confirmación. Da inicio con el que probablemente sea el mejor de sus poemarios, Libro del frío (1992), y prosigue con Libro de los venenos (1995) y Arden las pérdidas (2002). Libro del frío es una suerte de bitácora, una libreta de caminatas por senderos del bosque y la montaña, no muy distante ―pienso ahora― de tradiciones como la del haikú japonés y libros como Sendas de Oku de Matsuo Basho. El paseo por el bosque y el ascenso por la montaña, la soledad y el cansancio, la lucidez y el dolor expresarán, a fin de cuentas, la curva entera de la vida. En sus últimas páginas, Libro del frío no hablará sino del amor en la vejez, la sordera y los delirios del olvido.

En esa etapa, también, Gamoneda recogerá sus ensayos en El cuerpo de los símbolos (1997). Doce años más tarde, su prosa reflexiva y memoriosa cristalizará en otro libro, Un armario lleno de sombra, hermosa reconstrucción de la niñez y la pubertad en los días helados de la represión, del miedo y de la solidaridad cautelosa de viudas y obreros desposeídos. Es el tiempo del tercer ciclo poético de Gamoneda. Los dulces y desgarradores poemas a la nieta reunidos en Cecilia (2004) y la incisiva lectura del cuerpo y la subjetividad emprendida en Canción errónea (2012) protagonizan esta fase. Muy sintomática es la publicación de Reescritura (2004), libro en que Gamoneda repasa, corrige y reformula una muestra de sus poemas. Ese mismo año, una segunda compilación general de la obra poética se titulará Esta luz.

Diferentes antologías de Gamoneda se han publicado en los últimos años. Cada una representa, desde luego, un modo particular de lectura. Me parece útil mencionar algunas, como Atravesando olvido, por haberse publicado en México (2004); Sílabas negras, por corresponder a la entrega del importante premio Reina Sofía (2006); La campana de la nieve, por contener, además de un volumen de poemas escogidos, un disco compacto con la voz del poeta y un DVD con el documental titulado Antonio Gamoneda: escritura y alquimia (2008); y Antología poética (2013), por ser al mismo tiempo seria, didáctica, breve y, hasta la fecha, también la más actualizada.

El destino es predecible cuando aún está por cumplirse y es impredecible cuando ya está cumpliéndose. Antonio Gamoneda puede confirmarlo. Después de todo, parece lo normal tratándose de un poeta que ha dicho: “Yo no sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias palabras”.

 

[1] Antonio Gamoneda, La campana de la nieve. Tres lecturas, 1986-2006, Madrid: Círculo de Bellas Artes, 2008, p. 14.

 

critica-174

Este artículo acaba de publicarse en el número 174 (febrero-marzo de 2017) de la revista Crítica.

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