Gerardo Deniz, prosista

Empecé a escribir estas páginas en octubre de 2015. Meses atrás, a fines de 2014, cuando supe que Gerardo Deniz acababa de morir, tuve la idea de redactarlas. La razón, entonces, me parecía bastante obvia: casi nadie había escrito acerca de su obra en prosa (no, al menos, panorámicamente) desde una perspectiva que la hiciera visible, si no como un continuum, sí por lo menos como un conjunto. Siento que mi deber, ahora, es reescribirlas, ya que una gran editorial ha puesto a circular en un solo volumen la prosa de Deniz. El encargado de la compilación, Fernando Fernández, ha escrito además un sustancioso prólogo que, de manera lógica, puede considerarse ya la principal introducción a la materia de mis notas.

El grueso tomo se titula De marras. En primer término, reproduce los libros en prosa que Deniz publicó a lo largo de veinte años, entre 1992 y 2012: desde Alebrijes (1992) hasta Red de agujeritos (2012), pasando por Anticuerpos (1998), Visitas guiadas (2000), Paños menores (2002), Carnesponendas (2004) e IMDINB (2006). En seguida se recogen por vez primera numerosos artículos, respuestas a cuestionarios y textos de circunstancia que habían permanecido dispersos, cuando no inéditos, entre los papeles del autor. Si algo puede afirmarse, a título de advertencia preliminar, es que la coherencia interior de la obra en prosa de Deniz no se debe al predominio de ningún género en particular. Sin ir más lejos, así es como Fernández enumera los géneros de cuanto se reunirá en el volumen:

relatos, varios géneros de evocaciones y memorias, crítica, anotaciones de lectura y comentarios al margen, semblanzas, poemas en prosa, reflexiones sobre la propia poesía, pies de foto, diálogos “teatrales”, respuestas a diversos tipos de cuestionarios, parodias, un singular género de texto inventado por él llamado “literales”, las palabras que dijo al recibir un premio, las entregas para las tres columnas que mantuvo con fortuna diversa en ese mismo número de publicaciones periódicas, un par de prólogos, recreaciones mitológicas e incluso algunos inéditos.[1]

En vista de tal diversidad, conviene ir por partes. En su antología personal de 1987, Mansalva, Deniz (que había publicado, hasta entonces, tres poemarios: Adrede, Gatuperio y Enroque, de 1970, 1978 y 1986, respectivamente) incluyó cuatro ensayos destinados a glosar otros tantos poemas. Fue la primera vez que alguno de sus libros incluyó textos en prosa, del género que fueran. Y así, “prosas”, fue como su autor —no sé si con desdén, modestia o sobriedad— les llamó a esas notas, escolios o acotaciones a sus propios versos. El hecho importa por dos razones, a mi juicio: en primer lugar, porque, si no insólito, sí es cuando menos infrecuente que un poeta esclarezca por escrito los misterios que sus poemas contengan; y, en segundo, porque Deniz continuó redactando, con el paso de los años, esa clase de textos, al grado que formó un libro con ellos trece años después (Visitas guiadas, del año 2000).

La sola existencia de tales prosas autorreferenciales pone de relieve un hecho significativo: Deniz fue un autor difícil en verso y sencillo en prosa. Esto —me apresuro a subrayarlo— no implica ningún juicio de valor. El poeta fue tan divertido y estimulante como el narrador y el ensayista. Pero es normal preguntarse por qué, tratándose de un poeta complejo y arduo, muchas veces indescifrable, fue también un articulista y cuentista nítido, de quien pueden afirmarse muchas cosas, menos que sea incomprensible. Diferencia fundamental que sólo encuentra su verdadero contrapeso en una semejanza no menos importante: la variedad temática, la energía satírica y la pluralidad formal de los poemarios de Deniz perduran en sus colecciones narrativas y ensayísticas.

Especialmente leído, admirado, discutido y hasta detestado por sus poemas, Deniz fue un prosista claro y vehemente, reconocible por una especie de buen humor pesimista. Lo mismo se interesó por la música, la divulgación científica y las patrañas de la psicología y el esoterismo que por el sexo, la tipografía y la historia de los exiliados españoles en México. Así como, siendo poeta, no dudó en ridiculizar a otros poetas y declararse ajeno a la poesía, como narrador y ensayista invariablemente hizo de la prosa un vehículo para la controversia, la parodia y el desafío moral. Deniz fue, al menos desde cierta óptica, un hijo de la Ilustración, un enciclopedista. Por la concisión de su lenguaje, por el rigor de su entendimiento, por la fiereza de sus juicios y, cuando es el caso, por la desenvoltura de su imaginación, sus cuentos, artículos y evocaciones parecen obra de un racionalista o de un libertino.

Acaso dos libros puedan servirme para ilustrar lo anterior. Anticuerpos, volumen de artículos periodísticos y ensayos, es obra del crítico racionalista, del experto, del homme de savoir y, por supuesto, del polemista. Hablar de música, química, lingüística o geografía no es lo que vuelve Deniz a Deniz: más bien son el placer y el error, conjugados en un mismo interés, los que animan su estilo, que se organiza para exhibir el segundo y celebrar el primero. Carnesponendas, libro de cuentos, es obra del humorista, incluso del moralista, del fabulador que no duda en ridiculizar el disparate, pero también del individualista escéptico y del erotómano. “Trinitaria”, último cuento de la serie, no sólo es el mejor: también es el que más explícitamente revela el talante del autor, mestizo de narrador cómico y preceptor iniciático, divulgador científico y pornógrafo, misántropo y amante clandestino.

En términos de tipología textual, uno de los libros más complejos de la obra en prosa de Deniz es Paños menores. El título es gracioso, pero sobre todo apropiado: la mayoría de las crónicas y ensayos del volumen presentan al autor en la intimidad, casi desnudo, siempre dispuesto a dejarse llevar por la rememoración, movido no tanto por la nostalgia como por la travesura. Sin embargo, aunque los tiempos, escenarios, tonos, temas y personas hagan de Paños menores un libro predominantemente autobiográfico, conviene volver al título del texto inicial para entender el conjunto sin confusiones. En efecto, esa página se titula “Niño Gerardo Deniz de la O”, y aunque la foto que la ilustra es un genuino retrato del autor en la infancia, trepado en un árbol, y aun a pesar de que la información atañe a su exilio en Suiza y posterior viaje a México —Deniz, aunque nacido en Madrid en 1934, sólo vivió hasta 1936 en España, de donde partió a consecuencia de la Guerra Civil—, debe recordarse que Deniz en realidad se llamaba Juan Almela Castell.[2] En otras palabras, el esfuerzo autobiográfico del escritor no desemboca en la página impresa de forma directa o ingenua, sino a través de un filtro literario por excelencia: el de la invención.

Al centro de Paños menores figuran dos relatos, “Tocaya” y “Anónima”, que arrojan otra vez la sombra de una duda sobre la unidad aparentemente autobiográfica del volumen. Ambos textos —aunque no descarto que narren “verdades” biográficas— encuentran su forma en el ritmo, la temporalidad y la entonación del cuento. Ocurre lo mismo, hacia el final, con “Ortega”, “Toscuento” y “Veinte años después”, que se dejan leer como ficciones más que como crónicas. Los episodios de infancia, las aventuras de melomanía y lectura científica, las veladas ocasionales con escritores amigos y los desencuentros con escritores más bien grotescos que informan el grueso de Paños menores quedan, así, entre la realidad y la ficción, como si la contigüidad entre imaginación y memoria enturbiara la percepción del conjunto, transmitiéndole verosimilitud a lo fingido y cierto carácter de ficción a lo recordado. Sobra decir que semejante diversidad y compenetración de géneros literarios complica todo intento de clasificación relativo a la prosa de Deniz.

Como es fácil adivinar, la diversidad interna de libros como Anticuerpos y Paños menores prefigura otra diversidad: la de los materiales dispersos de Deniz, no incluidos en libro alguno hasta su publicación en De marras. En las últimas doscientas veinte páginas del volumen se recogen esos escritos, ordenados en razón de las revistas y suplementos donde aparecieron originalmente (La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Vuelta, El Semanario Cultural de Novedades, etcétera). Se recuperan también “Azul” y “Estrigiforme”, piezas que Luis Ignacio Helguera insertó en su Antología del poema en prosa en México (1993) aclarando que se trataba de textos inéditos. Es el caso, en De marras, de los cuatro textos finales, inéditos también: un espléndido ensayo escolar sobre los esquimales, entregado a la profesora Josefina Oliva cuando Deniz tenía catorce años; una nota susceptible de añadirse a los artículos de “Curiosidades velardianas” que Deniz publicó en La Gaceta y en Vuelta entre 1985 y 1988, y dos relatos autobiográficos, “Bibliografía de un poeta recién casado” y “Otro trecho”, de gran interés para entender el aparente caos de las lecturas del autor y su amargo acercamiento juvenil a los dominios universitarios de la química y de la ciencia en general. Tales experiencias, a decir verdad, estaban destinadas a perdurar en ciertos poemas de Deniz, muchas veces epigramáticos y despiadados.

No sin paradoja, Josué Ramírez puso énfasis, en agosto de 2005, en los procesos de “atenuación [del] ego” y “abolición del yo” que, a su juicio, caracterizan la poesía de Deniz, aun cuando en ésta se perciban fuertes rasgos de conciencia personal e incluso algunos detalles autobiográficos:

La atenuación de su ego, la abolición del yo, parece hacerse sensible por su rasgo característico: la ironía. Sin embargo, su preocupación principal no radica en la despersonalización, o lo impersonal de la poesía, pues en varios de sus poemas se descubren sus amores, desasosiegos, fobias, tristezas y alegrías íntimas.[3]

Es difícil determinar si tal observación contradice o confirma otra, casi un año anterior, del propio Deniz, quien había declarado lo siguiente a Fernando García Ramírez en septiembre de 2004:

Preguntarme a mí qué será lo que sostiene la coherencia de mi escritura es forzarme a responder: soy yo.[4]

Lo cierto es que Deniz, en sus respuestas a un cuestionario de fecha tan temprana como 1986, ya señalaba que su empleo de un seudónimo no sugería la existencia de personalidades múltiples en su obra. Era normal que, al entender las implicaciones de la dedicatoria del primer libro de Deniz, “a Juan Almela”, ciertos lectores jugaran a ver en el escritor una suerte de avatar o heterónimo de un creador oculto. Pero el propio Deniz, en realidad, veía las cosas más relajadamente:

Desde hace tiempo, lo confieso, me rondan las ganas de lanzar al ruedo también al literatillo Juan Almela; a lo mejor lo hago un día de estos, a ver qué pasa. […] Por supuesto, ni de lejos me propongo cultivar “otra personalidad” ni nada por el estilo: uno de los hechos más establecidos del mundo es que todo lo que escribo será bueno o malo, pero es inequívocamente mío.[5]

En todo caso, no es trivial preguntarse qué le ocurre al yo cuando se somete a un tratamiento de atenuación (siempre que se juzgue legítima la observación de Josué Ramírez). Lejos de palidecer o enfermar, un yo como el de Deniz parece ganar en consistencia y agilidad cuando adelgaza. Ello es particularmente notorio en libros como Red de agujeritos, que, si bien publicado en 2012, recoge los artículos que Deniz publicó en la revista Viceversa entre 1994 y 2000. Lo primero que cabe observar es que catorce de los textos reunidos en Red de agujeritos ya figuraban en Paños menores y uno más en Carnesponendas, por lo cual puede inferirse que la prosa periodística de Deniz no se limitó a constituir un reducto en su obra, sino que se proyectó con éxito en los libros ensayísticos, autobiográficos y narrativos. Lo segundo es que Red de agujeritos confirma, por si aún hiciera falta, la declaración que Deniz le había hecho a García Ramírez en la entrevista ya referida: “me gusta vagar con desfachatez todavía neopositivista entre los gigantes fósiles que sustentan nuestra cultura”.[6]

La definición es más que aceptable, si bien irónica (o precisamente por serlo): Deniz fue un racionalista convertido en flâneur, un vagabundo neopositivista. La fórmula no dista mucho de lo que propone Roberto Cruz Arzabal, quien entiende a Deniz como practicante de una literatura no precisamente apolítica, sino impolítica,[7] según la categoría propuesta por el pensador italiano Roberto Esposito.[8] En sus artículos, Deniz no se desentiende de lo político, aunque tampoco lo aborda como es frecuente que los intelectuales lo hagan. Tal vez la sugerencia de Cruz Arzabal se aclare al ponerla en relación con otra de Luis Felipe Fabre, quien hace un esfuerzo por deslindar a Deniz de la erudición y el mero acopio de citas, lenguas, libros y rarezas con que suele vinculársele. Los eruditos, afirma Fabre, son conservadores, mientras que Deniz, lejos de ser un conservador, es un reciclador:

Si un coleccionista, más que un conservador, es, en el fondo, un pepenador, entonces Deniz hace su agosto en los deshuesaderos de la cultura. Extrae, por ejemplo, citas amputándoles datos de procedencia, o las parodia, es decir, descompone sus materiales hasta la extrañeza y luego les da un nuevo uso, los recicla. No hay desperdicio.[9]

En la obra en prosa de Deniz, el procedimiento descrito por Fabre se presenta desde Alebrijes. En palabras de Pablo Mora, varios cuentos de aquel volumen corresponden a “una suerte de subgénero […] que consiste en elaborar los textos a partir de pasajes o epígrafes de otros autores que encabezan el cuento y, en este sentido, buscar ‘literalizar’ la cita en forma de relato”.[10] Casi siempre, la relación que Deniz establece con el texto previo es burlesca. Convertir la cita en ficción, reduciéndola brutalmente a su pura literalidad, es ridiculizarla: “la literalidad”, otra vez en palabras de Mora, “funciona como un experimento que, como una reacción química, revela un aspecto que no era visible o pone en evidencia lo cuestionable de las palabras citadas o bien nos revela algún aspecto inconsecuente e incongruente de un escritor con sus propias palabras”.[11] No es muy distinto lo que puede afirmarse a propósito de IMDINB, relato con proporciones de noveleta y tintes peculiares de fantasía distópica, ensoñación erótica, caricatura de la burocracia mexicana (el acrónimo del título designa un formidable Instituto Mexicano para el Desarrollo Integral de las Niñas Bien) y sátira de las manías y delirios de astrólogos y adivinos.

En última instancia, revelar esos “aspectos” de ciertos discursos a los que alude Mora, descomponiéndolos y reciclándolos como señala Fabre, bien puede ser el mayor propósito de Deniz, en prosa como en verso. Puede alegarse que todo poeta, viéndolo bien, compone a partir de diferentes descomposiciones previas. Lo que se destaca en Deniz es un énfasis, una intensidad particular en el análisis de los diferentes códigos y registros de lenguaje que después, ya desmontados, constituyen los ingredientes de cada uno de sus poemas, narraciones o ensayos. En el caso particular de sus libros en prosa, la tendencia parece ser a desenredar (esto es: a esclarecer, a simplificar, incluso a exhibir) casi tanto como en los libros en verso es a enredar aquellos discursos. Deniz, en este sentido, hizo de la prosa no tanto un instrumento como un lugar: el espacio en donde la invención erótica, el examen de tonterías grandes o pequeñas y la rememoración íntima podían coincidir por un momento en la conciencia.

[1] Fernando Fernández, “Presentación”, en Gerardo Deniz, De marras. Prosa reunida, México: Fondo de Cultura Económica, col. Letras Mexicanas, 2016, p. 11.

[2] Ya en la segunda serie de “Letritus” de Grosso modo (México: Fondo de Cultura Económica, col. Letras Mexicanas, 1988) se podía leer un epigrama relacionado con el segundo apellido del niño Gerardo Deniz: “Morir no será más extraño / que apellidarse De la O”.

[3] Josué Ramírez, “Deniz o la fe agnóstica”, en La Gaceta, núm. 416, agosto de 2005, p. 9.

[4] Fernando García Ramírez, “Gerardo Deniz: todo se vale a pequeña escala”, en Letras Libres, núm. 69, septiembre de 2004, p. 56.

[5] Gerardo Deniz, respuestas a un cuestionario de Eduardo Mateo Gambarte bajo el título de “Posible ficha (con excursos)”, ca. 1986, documento inédito citado por Fernando Fernández en su “Presentación”, pp. 12-13.

[6] Fernando García Ramírez: “Gerardo Deniz: todo se vale a pequeña escala”, entrevista citada, p. 57.

[7] Roberto Cruz Arzabal, “Imágenes de Gerardo Deniz”, en Horizontal, 10 de febrero de 2015 (artículo consultado en http://horizontal.mx/imagenes-de-gerardo-deniz el 17 de marzo de 2017).

[8] Comentando a Esposito, Javier de la Higuera resume así sus planteamientos: “Con esta categoría de ‘lo impolítico’, Esposito no designa lo contrario de la política, ni la negación del ámbito de lo público o de lo común, sino algo que concierne a la radicalidad de su existencia: el hecho de que el espacio político es irreductible a la negatividad dialéctica y se caracteriza más bien por lo que Bataille ha llamado una “negatividad sin empleo”, una negatividad que no produce y que no se traduce en obra, irreductible a la dimensión subjetiva del proyecto. Lo impolítico es el vaciamiento del espacio político de cualquier sustancia y el hecho de su finitud radical” (Javier de la Higuera, “El concepto de lo impolítico”, en El Genio Maligno, núm. 2, marzo de 2008, p. 140).

[9] Luis Felipe Fabre, “Poemas entre comillas”, en Letras Libres, núm. 131, noviembre de 2009, p. 89.

[10] Pablo Mora, “Carnesponendas, literales y otras hierbas de Gerardo Deniz”, prólogo a Gerardo Deniz, Carnesponendas, México: UNAM, col. Confabuladores, 2004, p. 11.

[11] Pablo Mora, ibídem, p. 13.

Gerardo Deniz

(Acabo de publicar este artículo en el número 22 de la revista Cathedra de la Universidad Autónoma de Nuevo León, enero-diciembre de 2017, pp. 357-360.)

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